martes, 12 de noviembre de 2019

Suerte




¿Para qué quiero tréboles de cuatro hojas, pestañas que soplar pidiendo deseos u ojos de turco? Os doy mis amuletos, el dedal y la castaña, y todos esos ángeles que he estado buscando estos últimos años. No quiero más monedas perdidas en pozos o fuentes, ni volver a cruzar los dedos. No busco aquel hombre calvo que traía fortuna, ni aquel otro con chepa, o aquella mujer con tripa de embarazada. Ya no hago grullas de papel, ni alzo la cabeza buscando alguna estrella que vaya con algo de prisa. 

Os doy las herraduras y las patas de conejo, no me regaléis pulseras rojas anudadas a “ojalás”. Menos aún, me pongáis velas o estampitas de ningún tipo. Voy a dejar de mirar las horas de la pantalla en busca de sincronías. ¿Cómo voy a querer soplar el diente de una fiera salvaje llamada león o esas llamas que me recuerdan el día en que nací y cada año suman una? Ya no me importa si me quedo con la parte más larga al partir un hueso, ni que se hayan cansado de desearme mucha mierda (o yo de pisarlas, que también da suerte). 

No busco cruzarme con mariposas blancas, búhos o alguna meiga gallega. Tampoco pongo oro en las copas de Champagne cuando acaba un largo año, ni echo farolillos al cielo en busca de respuestas. No voy a volver a creer en gatos que agitan sus patas delanteras o elefantes que dirigen sus trompas hacia augurios mejores. Voy a dejar de tocar madera con esperanza de conseguir algo y también dejaré de perderme entre capicúas.

¿Porque, qué falta me hace a mí todo esto, si mi suerte tiene nombre propio, me sacude con sonrisas, me llena de besos y me lleva a la luna una vez por deseo? ¿para qué necesito todo esto, si la vida me mira con tus gestos?






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María González Torres. 



martes, 27 de agosto de 2019

El Síndrome de la Selva.







Selva, donde el corazón late más rápido, donde me entienden cuando no me entiendo ni yo. Donde encontré la banda sonora de mi vida, el resumen de las sonrisas y la sinopsis perfecta de la felicidad. Donde me hice imparable, implacable.

A ti, que debes ser de fuera de la retina, algo parecido al brillo de los ojos. La frase subrayada del resto de mis libros. El tesoro que encuentras en mitad de la basura. O viceversa, tú ya me entiendes... Algo así como la parte del iceberg que no se ve, pero con la que chocas de frente y para siempre.

Selva, donde esculpiste mi corazón de piedra y lo hiciste gárgola. Le diste vida y ahora late. Joder que si late. Donde existen mañanas de no te vayas nunca, ahora, que siempre estamos a tiempo, que da igual las horas que nos quiten. Donde encontré en cada uno de mis “quiero” todos tus “puedo”.

A ti, que dejaste mi zona de confort por los suelos y me hiciste valiente. Que me desarmaste, y yo, casi inerme, con una sola bala en la recámara saldría de la trinchera tan solo por otro beso más. Fototaxia positiva, supongo.

Que eres de vida contagiosa, que me has hecho indígena de un sitio que no me pertenece y en el que quiero quedarme. Quiero abrazarte tan fuerte como para que mi corazón se pase al laito del tuyo. Y es que he llegado a un punto que estar en mi cama sin que sea la tuya la hace menos mía.








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María González Torres. 

Imagen: María González Torres.

viernes, 12 de julio de 2019

Conf(e/u)siones




A mi yo romántica de hace cinco años.


            No te rindas, espera, que al final todo llega. No rompas los cristales color rosa con los que ves ahora la vida. Que de ese color es más bonita, aunque duela. No te dejes influenciar o desilusionar. No desesperes y sigue soñando bonito. Sigue viviendo en esa pompa que no permite que pises el suelo. Deja los zapatos de plomo bien lejos.

Eso sí, agárrate fuerte que vienen unas curvas de cojones. Y como no, y como siempre, no vamos a llevar el cinturón de seguridad para aguantar todo lo que venga. Vamos a ir sin ruedines, sin frenos y con las rodillas raspadas de caer por la vida entre mitos, leyendas y amores a primera vista. No vamos a guardar las distancias de seguridad y nos vamos a pegar unas hostias de puta madre.

Pero cinco años después, te puedo decir, que hemos sobrevivido (a pesar de las secuelas). Así que, no dejes de luchar. No dejes de vivir las cosas de cero a cien, al cien por cien. Ni vuelvas a matar a una sola mariposa. No te preocupes, que cuando no son bienvenidas, ya se extinguen solas.

Y por último, y no por eso menos importante, olvídate de los sentimientos en modo avión, y vuela. Porque cuando empieces a despegar alguien se va a fijar en tus alas, te van a elegir, vas a perder el complejo de Ícaro y ya nadie va a poder quemar tu fuerza.





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María González Torres. 

Imagen: Mackaoui.